Columna semanal de la Lic. Inés Gomez.

“Hay recuerdos que no se olvidan.
Se archivan.”
Hay gente que habla de nostalgia como si fuera una canción linda.
Como si fuera acordarse y sonreír.
Como si todo lo que quedó atrás…
hubiese sido dulce.
Pero no.
La nostalgia no es eso.
La nostalgia también es incómoda.
También duele.
También te aprieta el pecho cuando menos lo esperás.
Porque no es solo recordar.
Es volver a sentir.
Y hay cosas que uno no guarda porque quiere.
Las guarda porque no le queda otra.
Las mete en una caja.
Las cierra.
Y sigue.
Fotos.
Mensajes.
Nombres.
Momentos.
Personas.
Todo ahí.
Quieto.
Como si no importara más.
Pero importa.
Importa cada vez que alguien vuelve a aparecer.
Importa cada vez que algo te hace acordar.
Importa cada vez que te preguntan “¿te acordás?”
Claro que me acuerdo.
Soy la caja.
La que guardó lo que otros ya olvidaron.
La que sabe lo que pasó de verdad.
La que no necesita idealizar nada.
Porque la nostalgia no es inocente.
La nostalgia miente.
Te hace acordar de lo lindo…
y te oculta todo lo que dolió.
Te hace creer que valía la pena volver.
Que quizás esta vez sería distinto.
Que había algo ahí.
Y no.
A veces no había nada.
Solo ganas de que hubiera.
Por eso es fácil hablar de nostalgia.
Lo difícil es hacerse cargo de por qué algo terminó.
De por qué no funcionó.
De por qué no era ahí.
Pero es más cómodo decir:
“era nuestro hilo rojo”
“era el destino”
“nos teníamos que encontrar”
No.
A veces no era destino.
Era apego.
Era costumbre.
Era no saber soltar.
Y eso no tiene nada de mágico.
Tiene miedo.
Porque lo que fue, fue.
Y lo que no fue…
no va a ser.
Por más que lo recuerdes lindo.
Por más que lo extrañes.
Por más que lo busques.
No todo lo que se guarda merece volver a abrirse.
Y no todo lo que duele…
es amor.

Otras Noticias