Columna semanal de la Lic. Inés Gomez.

Esta semana ganó “amor y fidelidad”. Y no me sorprende. Hay muchas historias nuevas empezando, muchas fotos con alianzas brillando, muchas promesas dichas con voz temblorosa y ojos llenos de futuro.

El amor está de moda.
La fidelidad… es otra cosa.

Nos educaron para repetir una fórmula: amar es elegir a uno solo. Desear a otro es traicionar. Pensar en alguien más es fallar. Y sostener la exclusividad sería prueba de madurez.

Pero nadie nos enseñó a preguntarnos algo básico:
¿la fidelidad es un acto de amor… o de miedo?
¿Fiel a quién?
¿A la pareja?
¿A la promesa dicha en un momento de euforia?
¿O a lo que realmente somos cuando se apaga la música?

La fidelidad tradicional es prolija: cuerpo y emoción en una sola dirección. Punto.

La realidad humana es menos ordenada. El deseo no firma contratos. Las emociones no piden autorización.

Y acá viene lo que incomoda: hay matrimonios impecablemente fieles que están emocionalmente muertos. Y hay vínculos no tradicionales —sí, abiertos, poliamorosos, triangulares, imperfectos— donde la honestidad es brutal y la responsabilidad es más real que en muchas parejas “modelo”.

No todos los vínculos no tradicionales son éticos.
No todas las parejas cerradas son honestas.

El formato no garantiza nada.

Confundimos fidelidad con posesión.
Confundimos libertad con libertinaje.
Confundimos exclusividad con profundidad.

Y lo que casi nunca discutimos es esto: mucha gente promete lo que desea creer que va a poder cumplir, no lo que realmente sabe que puede sostener.

Eso también es una mentira necesaria.

Yo no hablo desde un pedestal. Hablo desde la contradicción. Desde entender que el amor no siempre entra en la estructura que nos vendieron. Que a veces aparece en lugares incómodos. Que a veces el deseo no coincide con la norma. Que a veces la fidelidad más difícil no es hacia el otro… sino hacia uno mismo.

La pregunta no es si somos fieles o no.
La pregunta es si somos honestos.

Honestos cuando deseamos.
Honestos cuando prometemos.
Honestos cuando ya no sentimos lo mismo y seguimos actuando.

La fidelidad sin verdad es actuación social.
El amor sin responsabilidad es egoísmo disfrazado de pasión.

Y tal vez lo verdaderamente revolucionario no sea elegir a una sola persona.
Tal vez sea elegir no mentir.
Ni al otro.
Ni a uno mismo.

En tiempos de historias perfectas, de fotos cuidadas y captions románticos, decir esto puede sonar incómodo.

Pero el amor real no siempre es prolijo.
Y la fidelidad, cuando es auténtica, no nace del miedo… nace de la conciencia.

Otras Noticias