Murió el represor Raúl Guglielminetti a los 84 años
Fue un símbolo del espionaje ilegal en dictadura y democracia. Operó en múltiples centros clandestinos y nunca reveló información sobre los desap...
Por: Prof. Mg. Víctor Alejandro Fuentes
Primera Parte
Cuando el pesebre era el centro y la ilusión el lenguaje
Hubo un tiempo -no tan lejano y, sin embargo, muy distinto- en el que la infancia transcurría a otro ritmo. Un tiempo que abarcó las décadas del 60, del 70, del 80 y llegó hasta los primeros años de los 90, cuando la vida en los pueblos se organizaba alrededor de gestos simples, repetidos, profundamente sentidos. Entre ellos, el pesebre ocupaba un lugar central.
No era solo una escena navideña.
Era un modo de vivir la espera, de reunirse, de creer.
En aquellos años, la tecnología no invadía la vida cotidiana. La información era escasa y compartida, la televisión ofrecía lo justo y necesario, y no existía el bombardeo permanente de imágenes, mensajes y estímulos que hoy compiten por la atención. Esa ausencia de saturación permitía algo fundamental: la profundidad del sentir. La ilusión no se fragmentaba. La fe no se discutía. Se vivía.
La Iglesia ocupaba su lugar esencial: allí se rezaban las novenas, se agradecía el nacimiento del Niño Dios en la medianoche del 24 y se cerraban muchas celebraciones. Pero el corazón de la tradición latía con fuerza en las casas del pueblo, donde el pesebre era cercano, cotidiano, familiar. La fe se transmitía caminando, rezando juntos, compartiendo el silencio y la alegría.
Con la llegada de la modernidad, de las nuevas tecnologías y de la globalización económica y cultural, el mundo cambió. También cambió la infancia. Aparecieron nuevas figuras, como Santa Claus, y con ellas una mirada más comercial de las fiestas. La inocencia se transformó, los tiempos se aceleraron y la ilusión empezó a competir con pantallas, consumos y urgencias.
Sin embargo - lo importante- la tradición no desapareció.
En los pueblos, y especialmente en La Rioja, el pesebre encontró nuevas formas de permanecer. Surgieron los pesebres vivientes, los concursos, las representaciones comunitarias impulsadas por instituciones como la Iglesia, los centros juveniles, las casas de la cultura, o por personas y familias comprometidas. Con mucho esfuerzo, creatividad y amor, se siguió cuidando el espíritu original.
Esos pesebres -ayer y hoy- ponen en valor no solo la fe, sino también la identidad del lugar: la piedra, la tierra, la flora autóctona, los paisajes, los saberes heredados. Son una forma de decir que la tradición no está congelada en el tiempo, sino viva, dialogando con el presente sin perder sus raíces.
Este relato no pretende ser un libro estadístico ni una reconstrucción cronológica exacta. No enumera todos los nombres ni todas las fechas. Lo que aquí se cuenta nace de la memoria vivencial del autor y de los relatos compartidos por otros que fueron niños y jóvenes en aquellas décadas. Si alguien no es nombrado, no es por olvido ni por desvalor: es simplemente porque la memoria también tiene sus caminos.
La intención es otra, transmitir el sentir.
Contarle a las nuevas generaciones cómo se vivía la espera, por qué el pesebre importaba, qué significaba caminar en la noche del pueblo, mirar el cielo, creer que los Reyes Magos podían llegar a todos lados al mismo tiempo.
Y mostrar, al mismo tiempo, que hoy -a pesar de los cambios- hay quienes siguen sosteniendo esa llama. Que la religión, la cultura y la tradición siguen siendo estandarte de unión, de identidad y de pertenencia.
Porque un pueblo que cuida sus raíces no vive anclado al pasado:
se proyecta al futuro con memoria.
Cuando los Reyes Magos pasaban por mi pueblo
Crecí en San Pedro, un pueblito pequeño de La Rioja, de un poco más de 300 habitantes, donde en la década del 80 las cosas eran simples, pero profundamente significativas. No había grandes luces ni espectáculos, pero había algo que hoy se extraña: tiempo compartido, tradición viva y una fe sencilla, transmitida de casa en casa.
En esos años, la Navidad no era solo una fecha: era un camino que se recorría día a día. Se rezaban las novenas del Niño Dios, y los niños íbamos de casa en casa recitando versitos que aprendíamos de memoria. Cada familia abría su puerta, se armaba el encuentro, y al final siempre llegaba el momento más esperado: los villancicos. Canciones simples, repetidas año tras año, que todavía hoy puedo escuchar en la memoria.
El último día de la novena no se parecía a ningún otro. Había un brindis compartido, algo casero, humilde, pero lleno de alegría. Era la manera que tenía el pueblo de decir: estamos juntos, celebramos juntos, creemos juntos. Y al caer la noche, se encendían las estrellitas, esas luces pequeñas que parecían anunciar que algo importante estaba por llegar.
“Porque todos sabíamos que se acercaba el 6 de enero”.
La espera de los Reyes Magos era real
Muy real. En los primeros años de la infancia, la creencia era total. Nos decían que los Reyes pasaban de noche, que venían cuando todos dormíamos, y que si no nos acostábamos temprano, no dejaban regalos. Y nosotros obedecíamos, con una mezcla de sueño, ansiedad y emoción imposible de describir.
En la cama, con los ojos cerrados a la fuerza, la cabeza volaba:
¿Cómo hacían para llegar a todos los pueblos?
¿Cómo sabían dónde vivía cada niño?
¿Cómo podían recorrer tanta distancia en una sola noche?
Ahí estaba la magia. No en el regalo, sino en la pregunta.
Con el paso de los años, fuimos entendiendo. Descubrimos que muchas veces eran nuestros padres, o alguna institución del pueblo, como el centro juvenil, o abuelos, tíos, padrinos, vecinos, quienes cumplían ese rol.
Aparecía entonces la frase que nunca fallaba:
“Esto lo dejaron los Reyes para ustedes”.
Y aunque algo cambiaba, algo no se perdía. Porque la sorpresa seguía estando. La ilusión no desaparecía: se transformaba.
Hoy sabemos que los Reyes se representan en personas que se disfrazan, como antes y como ahora. Sabemos que detrás hay manos humanas. Pero también sabemos algo más importante: que esa representación no le quita valor a la magia, sino que la sostiene. Porque alguien elige seguir creyendo para que otro pueda creer.
Por eso, cuando hoy hablamos de los Reyes Magos, del pesebre, de las rutas posibles, de la historia y de la fe, no hablamos solo del pasado. Hablamos de una tradición que educa, que une generaciones, que enseña a esperar, a compartir y a imaginar.
Este trabajo nace de ese recuerdo: de un pueblo chico, de noches con villancicos, de estrellitas encendidas y de una infancia donde creer era natural. Desde ahí se abre el camino para mirar la historia, la geografía y la fe, sin perder nunca de vista lo más importante: la ilusión que nos formó.
Segunda Parte
En busca de la verdadera ruta de los Reyes Magos
Geografía, historia y el comienzo de una gran tradición
La Geografía es la ciencia que nos permite ubicar los hechos humanos en el espacio, comprender los territorios y relacionar los acontecimientos con los lugares donde ocurrieron. No se limita a mapas y coordenadas: dialoga con la historia, la astronomía, la antropología y la religión para ayudarnos a entender procesos, no solo datos.
En este sentido, abordar el camino de los Reyes Magos es un ejercicio profundamente geográfico. Implica pensar distancias, tiempos, rutas comerciales, climas, desiertos, ríos y ciudades antiguas.
Pero también es un ejercicio cultural que nos invita a unir el conocimiento científico con una tradición que atraviesa siglos y continentes.
Este trabajo se apoya en diversas fuentes históricas y bíblicas, y toma como referencia central los estudios del Biblista Armando Puig, decano de la Facultad de Teología de Cataluña, quien propone una lectura atenta, racional y respetuosa del relato evangélico.
Una historia que sigue despertando preguntas
La Noche de Reyes es, para millones de personas, una de las más esperadas del año. La historia de unos sabios que viajaron desde Oriente para adorar a un niño recién nacido sigue despertando curiosidad, emoción y preguntas.
¿Quiénes eran realmente esos sabios?
¿De dónde venían?
¿Qué los impulsó a emprender un viaje tan largo y arriesgado?
¿Y qué camino eligieron para llegar a Belén?
Estas preguntas no buscan quitar valor a la tradición, sino comprenderla mejor. Porque una tradición que se entiende se vuelve más fuerte y más significativa.
Las pistas del Evangelio según San Mateo
El único texto bíblico que menciona a los Reyes Magos es el Evangelio según San Mateo. Allí se habla de “unos magos de Oriente” que, guiados por una estrella, llegan a Jerusalén y luego a Belén para adorar al niño Jesús.
Mateo no da detalles innecesarios. No dice cuántos eran, no los llama reyes, no menciona sus nombres. Eso es importante: el evangelista no intenta construir una leyenda, sino transmitir un mensaje.
Según Armando Puig, Mateo ofrece claves discretas pero fundamentales: habla de un viaje largo, de una señal astral, de un tiempo impreciso y de un encuentro que cambia el rumbo de quienes lo viven. El texto no debe leerse de manera literal, sino como una narración profunda que combina fe, historia y llena de simbolismo.
El tiempo: una clave que abre el camino
Uno de los datos más reveladores del texto de Mateo es que los magos encuentran al niño en una casa, no en un establo. Este detalle suele pasar desapercibido, pero tiene enorme importancia.
Además, el verbo griego que Mateo utiliza para referirse al nacimiento tiene un matiz temporal amplio: puede traducirse como “nació” o “ha nacido”. Esto indica que Jesús no era necesariamente un recién nacido en el momento de la visita.
Este dato se refuerza con la decisión del rey Herodes de mandar a matar a los niños menores de dos años. Todo esto sugiere que la Sagrada Familia permaneció en Belén durante un tiempo considerable, haciendo posible un viaje largo desde Oriente.
Desde el punto de vista geográfico e histórico, este margen de tiempo es clave para pensar rutas reales y trayectos posibles.
¿De dónde venían los sabios?
Una vez considerado el tiempo, surge la gran pregunta por el origen. Las fuentes antiguas utilizan el término “Oriente”, una palabra amplia que en la antigüedad podía referirse a distintas regiones.
Existen dos grandes hipótesis: la procedencia árabe y la procedencia persa. Armando Puig sostiene con fuerza el origen persa, basándose en datos históricos, culturales y artísticos.
Un hecho muy significativo ocurrió en el año 614, durante la invasión persa a Tierra Santa. La basílica de la Natividad en Belén no fue destruida porque los invasores reconocieron en sus muros imágenes de sabios vestidos con ropas típicamente persas. Este gesto refuerza la idea de una identificación cultural muy antigua.
La estrella: ciencia y fe dialogando
En el libro, The Star of Bethlehem (La Estrella de Belén) del astrónomo Mark Kidger, en base a su estudio el resultado de que la estrella que Melchor, Gaspar y Baltasar la siguieron y la utilizaron como GPS, no fue ningún cometa, sino probablemente una Nova, que además fue constatada por astrónomos chinos y coreanos a mediados de marzo del año 5 antes de Cristo.
"Teniendo en cuenta que Jesús nació entre el invierno del año 7 y marzo del año 6, tiene todo el relato que escribe Mateo sobre cómo los tres sabios siguieron la estela y llegaron a tiempo de adorar el niño Jesús. Un tiempo que hubiera permitido a los tres sabios cruzar Oriente para llegar antes que la familia de Jesús abandonara Belén".
Los astrónomos chinos y coreanos que detectaron “un objeto celeste muy brillante” se situarían en las modernas constelaciones de Capricornio y Aquila y hubieran sido visibles aproximadamente durante tres meses.
Primero al este, cuando la hubieran visto en una posición baja; y después al sur -Belén está al sur de Jerusalén, según un cambio astronómico de 90 grados de sureste a suroeste. (La importancia de los datos astronómicos y geográficos de la época)
Para Puig la estrella de Kidger y los testigos chinos-coreanos completan las fechas.
La Nova (es una explosión estelar, puede manifestarse de forma notable en el espacio) que propone Kidger, es un “elemento de gran importancia histórica” alrededor del nacimiento de Jesús no del día o momento de su nacimiento, sino que data de la llegada a Belén de unos sabios, (astrónomos o astrólogos de Oriente) entre marzo-mayo del año 5 “a. de C”. Cuando Jesús nació muy probablemente entre los 7 y 6.
Este intervalo de un año y medio a dos años cuenta con un aliado extraordinario y es el plazo que Herodes marcó para masacrar a los niños después del nacimiento de Jesús: dos años (Mt, 2, 16).
La historia sigue en discusión: Este fenómeno habría sido visible durante varios meses y coincide con el tiempo necesario para un largo viaje. Lejos de contradecir la fe, estos datos muestran cómo el relato bíblico dialoga con el conocimiento astronómico de su época.
Las cuatro rutas de Los Magos
Situados en el origen persa, el tiempo y el lugar, ahora a definir qué ruta eligieron los sabios para adorar al niño Jesús. Los historiadores se debaten entre tres posibles rutas y apareció una cuarta hace 24 años atrás, producto de una prueba realizada en el año 2000.
La primera: “la ruta del incienso” en un principio tuvo más aceptación habla que los Reyes utilizaron, un camino comercial que unía Egipto y la India por la península Arábiga. Siguiendo esta ruta, se establece que Melchor, Gaspar y Baltasar procedían del norte del actual Yemen, más precisamente de la ciudad de Hadramut. Supuestamente atravesaban la península Arábiga hasta Egipto y de este pasaban por Judea hasta Belén.
El conocimiento, su uso común y su paso seguro hacían que los Reyes Magos utilizaron esa ruta.
La segunda: según Puig la teoría que más pesa de estos estudios, es la ruta que parte de Persépolis, Tajt-e Jamshid, en el actual Irán, hasta la ciudad de Mosul en Irak, atraviesa Siria, Líbano y llega a Palestina hasta llegar a Belén, una ruta con un trecho de casi 2.000 kilómetros.
Una tercera ruta: Esta partiría de la antigua Babilonia, en la actual Faluya. Este camino seguiría el río Éufrates enlazando las ciudades de Tadmur, Damasco, Amán, Jerusalén hasta dirigirse al sur hasta Belén.
La cuarta ruta: En el año 2.000 un grupo de expedicionarios intentó simular una ruta a Camello que recorría uno 1.600 kilómetros entre Irak, Siria, Jordania y Cisjordania. Una ruta para la que se necesitaron 83 días. En cualquier caso, sea cual fuere la ruta, la magia llega de un modo u otro cada mañana del 6 de enero.
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