La pandemia modificó mucho más que nuestra forma de trabajar, estudiar o relacionarnos. También transformó nuestros hábitos cotidianos, nuestra alimentación y la manera en que cuidamos el cuerpo y la mente. Años después, algunas de esas consecuencias siguen presentes y abren una pregunta: ¿recuperamos realmente la normalidad o simplemente nos acostumbramos a vivir de otra manera?

¿Terminó la pandemia o simplemente aprendimos a convivir con sus consecuencias? Aunque las restricciones quedaron atrás y buena parte de las actividades recuperaron su ritmo habitual, hay cambios que permanecen en nuestra vida cotidiana. Pasamos más tiempo frente a las pantallas, nos movemos menos, muchas veces comemos apurados y convivimos con niveles de estrés que parecen haberse vuelto parte de la rutina.

La pandemia representó un punto de quiebre. Alteró las dinámicas familiares, educativas, laborales, económicas y sociales. El hogar se convirtió en oficina, aula y espacio de recreación. Las relaciones presenciales fueron reemplazadas, en muchos casos, por encuentros virtuales, mientras que el aislamiento modificó los tiempos y las costumbres de millones de personas.

Pero cuando las actividades volvieron a la normalidad, no necesariamente recuperamos los hábitos anteriores. En algunos casos, la comodidad de trabajar desde casa, la dependencia de los dispositivos digitales y la reducción de los desplazamientos se instalaron como nuevas formas de organización. El problema aparece cuando esas prácticas comienzan a afectar nuestra salud.

Una sociedad cada vez más sedentaria

Uno de los cambios más visibles está relacionado con el movimiento. Cada vez más personas pasan buena parte del día sentadas frente a una computadora, un celular o un televisor. El trabajo, el estudio y el entretenimiento pueden desarrollarse durante horas sin necesidad de levantarse de una silla.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) advierte que el 31% de los adultos en el mundo no alcanza los niveles recomendados de actividad física. Esto representa aproximadamente 1.800 millones de personas. Entre los adolescentes, la situación es todavía más preocupante: alrededor del 86% no cumple con las recomendaciones de movimiento.

La inactividad física no es solamente una cuestión estética ni se resuelve con el objetivo de bajar de peso. Tiene consecuencias concretas sobre la salud. Según la OMS, las personas insuficientemente activas presentan entre un 20% y un 30% más de riesgo de muerte en comparación con quienes realizan suficiente actividad física.

Además, el sedentarismo sostenido se relaciona con un mayor riesgo de enfermedades cardiovasculares, diabetes tipo 2 y algunos tipos de cáncer. También puede afectar el bienestar psicológico, mientras que la actividad física regular contribuye a reducir síntomas de ansiedad y depresión.

El problema es que muchas veces no advertimos cuánto tiempo pasamos sin movernos. Una jornada laboral, varias horas de estudio y un momento de descanso frente a una pantalla pueden completar el día sin que hayamos realizado actividad física significativa.

Comer también refleja cómo vivimos

La alimentación es otra dimensión que merece atención. En un contexto de estrés, cansancio y falta de tiempo, preparar una comida equilibrada puede quedar relegado frente a opciones rápidas y de fácil acceso.

Sin embargo, la relación entre alimentación y salud no depende exclusivamente de la voluntad individual. También intervienen las condiciones económicas, los horarios laborales, el acceso a alimentos saludables y el estado emocional.

Una revisión sistemática publicada en 2025 en el Journal of Health Psychology, que analizó 22 estudios sobre estudiantes universitarios durante la pandemia, encontró asociaciones entre ansiedad, depresión y estrés con prácticas de alimentación emocional y un mayor consumo de alimentos ultraprocesados.

Esto permite observar una relación importante: en determinados contextos, la comida puede convertirse en una respuesta al malestar emocional y no solamente en una necesidad nutricional. Comer por ansiedad, saltear comidas o elegir alimentos poco nutritivos por falta de tiempo son comportamientos que pueden integrarse a una rutina difícil de modificar.

A su vez, determinados patrones alimentarios, el descanso insuficiente y la falta de actividad física pueden interactuar y afectar los niveles de energía y el bienestar general. No se trata de establecer una relación automática entre lo que comemos y cómo nos sentimos, sino de comprender que nuestros hábitos forman parte de un sistema que influye sobre nuestra salud.

La salud mental también forma parte del problema

Hablar de las consecuencias de la pandemia implica mirar más allá del cuerpo. El aislamiento, la incertidumbre económica, la pérdida de vínculos y los cambios en las rutinas dejaron huellas que no desaparecieron necesariamente con el levantamiento de las restricciones.

La ansiedad y el estrés pueden influir en la manera en que descansamos, nos alimentamos, trabajamos y nos relacionamos. Y cuando esas situaciones se sostienen en el tiempo, pueden dificultar la incorporación de hábitos saludables.

En este escenario, se puede formar un círculo de retroalimentación: el estrés afecta el descanso y la alimentación; el cansancio dificulta realizar actividad física; la falta de movimiento puede perjudicar el bienestar; y ese malestar puede aumentar las dificultades para sostener una rutina equilibrada.

No ocurre de la misma manera en todas las personas ni significa que cada problema de salud tenga su origen en la pandemia. Pero sí demuestra que el bienestar físico y emocional no pueden analizarse por separado.

La infancia también refleja los cambios

Los niños y adolescentes tampoco quedaron al margen de estas transformaciones. La interrupción de las clases presenciales, la reducción de actividades recreativas y deportivas y el aumento del tiempo frente a las pantallas modificaron sus experiencias cotidianas.

El informe Report Card 19, publicado por UNICEF Innocenti en mayo de 2025, analizó el bienestar infantil en 43 países de la OCDE y la Unión Europea. Entre sus principales conclusiones señaló retrocesos en indicadores vinculados con el aprendizaje, el peso corporal y la satisfacción con la vida durante el período analizado entre 2018 y 2022.

Estos resultados no permiten atribuir todos los cambios exclusivamente a la pandemia, pero sí muestran que el bienestar de las infancias enfrenta dificultades que requieren atención.

En Argentina, los resultados de Aprender Alfabetización 2024 también encendieron una señal de alerta: el 45% de los estudiantes de tercer grado alcanzó las habilidades lectoras esperadas, mientras que el 30,5% presentó un rezago significativo.

La infancia permite observar con claridad que los cambios en los hábitos no son un asunto individual. Las condiciones familiares, educativas, económicas y sociales influyen directamente en las oportunidades de crecer, aprender, jugar y desarrollarse saludablemente.

Recuperar el movimiento, recuperar el cuidado

Frente a este panorama, hablar de salud no debería limitarse a recomendar dietas o exigir que las personas hagan ejercicio. Es necesario revisar las condiciones en las que vivimos y las decisiones que organizan nuestros días.

La OMS recomienda que los adultos realicen entre 150 y 300 minutos semanales de actividad física aeróbica moderada, o su equivalente de actividad intensa. Sin embargo, el primer paso no tiene por qué ser comenzar una rutina exigente: caminar, utilizar la bicicleta, bailar o incorporar pausas activas durante la jornada también son formas de reducir el sedentarismo.

A esto se suman otros aspectos fundamentales: mantener una alimentación variada, respetar los tiempos de descanso y construir rutinas que permitan cuidar tanto el cuerpo como la salud mental.

No se trata de alcanzar una vida perfecta ni de responsabilizar a quienes enfrentan jornadas extensas, dificultades económicas o falta de tiempo. Se trata de reconocer que el cuidado de la salud necesita condiciones que lo hagan posible y que también requiere decisiones colectivas.

Salimos del encierro, pero ¿realmente volvimos a ser los mismos? La pandemia cambió nuestra forma de vivir y quizás lo más peligroso no fue lo que perdimos durante esos meses, sino todo aquello que incorporamos después y hoy aceptamos como norma 

La pandemia terminó, pero sus consecuencias no desaparecieron con ella. Y quizás esa sea la advertencia más importante: no podemos llamar normalidad a una forma de vida que nos acostumbra a vivir cada vez peor.

 

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