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Analfabetismo político: cuando la palabra deja de construir
Las últimas declaraciones de Javier Milei en Brasil reavivaron un debate que excede largamente la coyuntura. ¿Qué ocurre cuando el insulto reemplaza al argumento y la agresión se convierte en una forma de ejercer el poder? La figura del Presidente aparece hoy como la expresión más visible de un fenómeno más profundo y preocupante: el deterioro de la palabra como herramienta de diálogo y de construcción democrática.
¿Qué nos está pasando con la palabra?
La pregunta parece sencilla, pero encierra una discusión profunda. Porque no se trata solamente de malas formas, de insultos o de exabruptos. Se trata de algo mucho más serio: de la manera en que una sociedad aprende a relacionarse consigo misma.
Las recientes declaraciones del presidente Javier Milei durante su visita a Brasil volvieron a colocar el tema en el centro de la escena. Los agravios dirigidos al presidente Lula da Silva y las consecuencias diplomáticas que provocaron no constituyen un episodio aislado. Son la continuidad de una forma de ejercer el liderazgo político en la que el insulto dejó de ser un desborde ocasional para convertirse en un recurso habitual. En ese sentido, Milei aparece hoy como el principal exponente de un fenómeno mucho más amplio y grave: el analfabetismo político entendido no como la falta de conocimientos (que también los hay), sino como la incapacidad de comprender que la democracia comienza por la posibilidad de hablar con quien piensa distinto.
Sería un error creer que el problema empezó con Milei. Pero también sería ingenuo negar que ningún presidente argentino había llevado esta lógica tan lejos. Lo que antes aparecía como una excepción o un exceso discursivo hoy forma parte del lenguaje cotidiano de la máxima autoridad del país. Y cuando quien ocupa la Presidencia naturaliza el agravio como forma de comunicación, el mensaje trasciende a la política: termina impregnando a toda la sociedad.
Hoy pareciera que hablar fuerte vale más que hablar bien; que descalificar tiene más impacto que argumentar; que humillar produce más reconocimiento que convencer. Y es entonces cuando aparece una paradoja inquietante: vivimos en la época de mayor comunicación de la historia y, sin embargo, cada vez dialogamos menos. Nunca fue tan fácil expresar una opinión. Nunca fue tan difícil escuchar una distinta.
Las redes sociales terminaron por moldear esa lógica. Sus algoritmos premian el conflicto porque el conflicto genera movimiento. La indignación se comparte más rápido que la reflexión. El insulto consigue más interacción que un razonamiento elaborado. En pocos segundos, una frase agresiva puede recorrer el país entero, mientras que una idea construida con paciencia apenas logra abrirse paso entre el ruido.
Poco a poco fuimos aceptando que ese era el nuevo idioma de la política, y quizá allí radique uno de los mayores problemas. Un presidente no habla únicamente como individuo; habla desde una institución. Cada palabra que pronuncia deja de pertenecerle exclusivamente a él y pasa a formar parte del discurso del Estado. Por eso el problema no radica solamente en las expresiones de Javier Milei, sino en el modelo de comunicación política que esas expresiones consolidan y legitiman.
Las palabras también educan. Si el desacuerdo siempre merece un insulto, entonces el insulto deja de ser excepcional para convertirse en un recurso cotidiano. Si toda diferencia se interpreta como una agresión, el adversario deja de ser un interlocutor y pasa a ser un enemigo. Y cuando el otro se convierte en enemigo, la conversación deja de tener sentido y solo queda la confrontación.
Herir antes que convencer
En este contexto, hay una frase que cobra relevancia: "La violencia de la palabra nace en la imposibilidad del habla". No dice que nace del enojo; no dice que nace de la política. Dice que nace cuando ya no somos capaces de hablar.
Y hablar, en su sentido más profundo, nunca consistió simplemente en emitir sonidos. Hablar supone reconocer que enfrente hay alguien con quien vale la pena intercambiar razones. Incluso cuando esas razones nos incomodan. La democracia, después de todo, no fue concebida para reunir personas que piensan igual, sino que fue creada para que puedan convivir quienes piensan distinto. Cuando esa premisa desaparece, la política empieza a perder su razón de ser.
Entonces aparecen las etiquetas, los fanatismos, las descalificaciones automáticas, la necesidad permanente de clasificar a los demás entre "los nuestros" y "los otros". Entre los inteligentes y los ignorantes, entre los patriotas y los traidores. Y en ese clima ya nadie intenta comprender. Solo se busca derrotar.
Quizás por eso el título "Analfabetismo político" encuentra hoy en Javier Milei una representación tan claramente acabada. No porque sea el único dirigente que recurre a la agresión, sino porque lo hace desde la máxima investidura institucional de la Argentina y porque convirtió esa forma de comunicarse en un rasgo central de su identidad política. Cuando el Presidente elige sistemáticamente el insulto por encima del argumento, ya no estamos frente a una cuestión de estilo: estamos frente a una concepción del poder que entiende al adversario no como alguien con quien debatir, sino como alguien a quien derrotar mediante la descalificación.
Tal vez el verdadero analfabetismo político no consista en desconocer una ley, una institución o un artículo de la Constitución. Tal vez empiece cuando olvidamos que ninguna democracia puede sostenerse si pierde la capacidad de conversar.
Las sociedades no se rompen únicamente por las crisis económicas o por los conflictos institucionales; también se deterioran cuando dejan de confiar en el poder de las palabras, cuando el argumento es reemplazado por el agravio, cuando la reflexión cede ante el grito, cuando la ironía ocupa el lugar del pensamiento.
Y cuando el lenguaje, que alguna vez fue el puente más extraordinario construido por la humanidad para entenderse, termina convertido en un proyectil dispuesto a herir antes que a convencer.
Quizás allí resida el desafío más urgente de este tiempo: no recuperar las buenas maneras por una cuestión de cortesía, sino recuperar la palabra como herramienta política, porque una sociedad que ya no sabe hablar difícilmente pueda encontrar un camino para entenderse.
Y un país que pierde esa capacidad comienza, lentamente, a perder mucho más que el lenguaje: empieza a perder la posibilidad misma de construir un destino común.